Más de 700 mil ecuatorianos anularon su voto en las elecciones de la primera vuelta electoral; son electores que no encontraron un buen candidato pese a que tenían 14 opciones para escoger. Quienes votan nulo son los electores más difíciles, más informados y más inteligentes.
En la segunda vuelta electoral el voto de esos electores pudiera ser decisivo porque suman más votos que el candidato de Pachakutic, pero una buena parte de ellos persiste en su indecisión y no aceptan como opción “el mal menor”. Sin ánimo de herir a estos reflexivos electores, se puede decir que se parecen al filosófico asno de Buridán.
Era Jean Buridán un teólogo escolástico, defensor del libre albedrío, que sostenía la posibilidad de ponderar cualquier decisión a través de la razón. Sus críticos redujeron al absurdo sus razonamientos con la paradoja de un asno que tenía dos montones de heno con la misma cantidad y a la misma distancia y, no encontrando una razón suficiente para decidirse por uno de los dos, murió de hambre.
A los reflexivos electores que rechazan a ambos candidatos no se les puede negar la libertad de votar nulo y rechazar el mal menor, pero sí cabe una reflexión sobre la inconveniencia de dejar que otros tomen la decisión y, ya que los dos candidatos pueden tener algo de bueno, resulta más lógico optar arbitrariamente por uno de ellos que “morir de hambre”.
La mayoría de las decisiones humanas se basan en la percepción de la diferencia de valor. La clave está, por tanto, en examinar las diferencias entre los dos candidatos. La probabilidad de conservar la dolarización con el gobierno de Noboa es ciertamente mayor que con la revolución ciudadana y su ecuadolar que es un dólar falso.
Un joven que anuló el voto en la primera vuelta no ha encontrado razones para cambiar, pero sí una valoración: con cualquiera de los candidatos el país será un desastre, me dijo, pero con Noboa el desastre durará cuatro años, con Luisa y la revolución ciudadana puede durar 30 años o más.
Lo peor de todo es que Luisa será electa.