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Guillermo Lasso, presidente. Guillermo Lasso, presidente. Foto/Presidencia de la República

Los cucos de Lasso Destacado

 

Cuenta la leyenda que cada cierto tiempo salen de las profundidades de las catacumbas de Carondelet los fantasmas de las conspiraciones y las traiciones. Fábula o no, esos malos espíritus -dicen- se apoderan del frágil estado de ánimo del presidente. Lo atormentan día y noche, obligándolo a lanzar enormes lenguas de fuego eterno en contra de sus rivales ideológicos o examigos políticos.

Culpar a sus enemigos políticos de sus propios desaciertos, errores y promesas incumplidas, es la salida más fácil y mediocre del gobierno de turno. Y es hasta patético ver como el propio presidente termina envuelto y chamuscado en su propia pirotecnia. Un día anuncia el fin del uso de la mascarilla, y a los minutos acusa a otro banquero de evadir impuestos. Lasso siendo Lasso, bombero de sus propios titulares.

Luego emprende una arremetida frontal en contra de la delincuencia empujando a las calles a los militares. Una noticia largamente esperada. No deja correr muchas horas, y acomete un feroz bombardeo de huevos desde Loja. ¡Y zas!, de un solo golpe, pasa del triunvirato del mal a la dupla del odio y de la envidia.

Mientras tanto, la inseguridad no da tregua, hace daño. No importa si estas en tu casa o en la calle, igual te roban. No importa si eres policía, o no, igual te matan.

Todo esto transmitido en tiempo real en las redes. Pero en los pasillos de Carondelet vemos un mandatario más preocupado de echar la culpa a otros de sus fracasos. Sacando sus cucos cuando los problemas lo agobian, lo superan. Más parece un banquero que estadista: con las arcas fiscales llenas y los simpatizantes del FMI saltando en chullo pie, mientras la familia sufre, se desangra.

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