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El largo plazo en la economía

El largo plazo en la economía Destacado

 

Por Francisco Swett

John Maynard Keynes, el famoso economista británico, reflexionó en su “Tratado Sobre la Reforma Monetaria” (1923) acerca del corto y del largo plazo; afirmó que, si una fábrica cierra, en el largo plazo sus trabajadores hallarán otro empleo, pero en el corto plazo habrá desempleo. Activista de la intervención gubernamental, Keynes sostuvo que “el largo plazo no es una buena guía (para la solución de los temas urgentes) pues en el largo plazo todos estamos muertos. Los economistas se imponen tareas inútiles y fáciles si, en tiempos tormentosos lo único que nos pueden decir es que la tempestad pasó y el océano está calmo nuevamente.” (www.manchesterliberal.wordpress.com).

La teoría económica es de carácter inmediatista; esto es, cortoplacista en el espíritu de Keynes. Se distanció del problema de lo que se denomina las “externalidades”, que son los efectos (buenos y malos) de ignorar los costos escondidos que cargamos a los bienes públicos; costos cuyo origen es privado. Los bienes públicos, para aclarar el lenguaje, son aquellos que, siendo costeados por unos (incluyendo los gobiernos) benefician a todos los que tienen acceso o necesidad de ellos. Los ejemplos típicos son los parques y los faros de ayuda a la navegación.

Pero los bienes públicos que tengo en mente son otros. Son las dotes del ecosistema planetario que nos permiten vivir: el aire y el agua son ejemplos. Se trata de bienes que escapan a las consideraciones del sistema de precios o de las cuotas socialistas porque, implícitamente, el consumo de estos pasa por alto el hecho que no son inagotables y que la sustentabilidad demanda de cuidado para preservarlos. En la literatura económica se reconoce la paradoja de valor (el agua, esencial para la vida, es barata; los diamantes, que no tienen nada de esencial, son caros) como la consecuencia del valor de escasez (el agua es abundante, los diamantes son escasos), pero ¿qué ocurre el momento que el agua se torna escasa?, ¿qué precio tiene el aire puro, y ¿cómo?, y a ¿quién y cuánto se cobra por dañar la calidad del aíre o del agua?

La Economía tiene respuestas parciales a este tipo de interrogantes. Son temas que requieren el concurso de la ciencia (como puede ser el uso de los testigos geológicos y meteorológicos) para proveer la evidencia a ser analizada y verificada, para que esta sea procesada económicamente, y puesta en vigencia a través del ente político. Los problemas sistémicos no están aislados: ni las pandemias ni la contaminación reconocen fronteras, pero tampoco son ecualizadores perfectos pues siempre son los más vulnerables los que sufren y están indefensos ante la devastación.

Es un tema largo, enredado y políticamente cargado. Como habitantes de un planeta en riesgo, enfrentamos el “dilema del prisionero” (cuyo enunciado es que uno de los malhechores es tentado a traicionar al compañero a cambio de un trato preferencial) que nos llevará a resultados sub-óptimos. La resolución del dilema estará siempre sujeta a la calidad de la comunicación para alcanzar un balance entre cooperación y competencia. ¿Es esto de largo o del corto plazo? La respuesta es que no interesa, pues si no tenemos acuerdos, estaremos muertos después de haber sufrido pérdidas impensables.

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