Miércoles, 17 Agosto 2022
|La captura y el calvario de Ana Frank: ¿hubo un delator o los nazis la encontraron por azar?

|La captura y el calvario de Ana Frank: ¿hubo un delator o los nazis la encontraron por azar? Destacado

 

De pronto, todo había terminado. El escondite, la clandestinidad, las alertas, los temores, las precauciones, los dos años vividos en ese terror signado por la incertidumbre, la apariencia de una vida normal sin salir a la calle, la esperanza de sobrevivir; todo, estaba ahora depositado en el caño de una pistola, pequeña, que apuntaba a la cabeza de los escondidos como una prolongación del brazo y las intenciones del oficial de las SS Karl Silberbauer.

Los Frank habían sido descubiertos y capturados. Iban a ser deportados y asesinados. Entre ellos, la pequeña Ana, que había pasado de la niñez a la adolescencia metida en ese pozo conocido como “la casa de atrás” donde Otto Frank, su mujer, Edit y sus hijas Margot y Ana, más los tres integrantes de la familia Van Pels, Hermann, su esposa Auguste y su hijo Peter y el dentista Fritz Pfeffe, ocho personas en total, habían creído que era posible burlar la tremenda cacería de judíos desatada por el nazismo, incluso cuando la guerra ya estaba perdida para la Alemania de Adolf Hitler y su imperio que iba a durar mil años. La maquinaria de la muerte, a la que siempre cuesta tanto detener, funcionaba todavía con impecable fiereza.

El 4 de agosto de 1944, los nazis entraron al almacén del 263 de la calle Prinsengracht, en Amsterdam, frente a un melancólico canal. Era un negocio en la planta baja, con oficinas y empleados en la planta alta y nada más. En apariencia. En la parte trasera de la casa, a la que se accedía por una puerta trampa oculta tras una inocente estantería con bisagras, se ocultaban los Frank y los Van Pels. ¿Quién lo sabía? ¿Cómo lo supieron los nazis? ¿Lo sabían los nazis?

La historia de los Frank, fue similar a la de miles de familias judías europeos que sucumbieron a la barbarie. Ana los hizo diferentes. Ana y su diario, que escribió durante el encierro y en el que dejó plasmados sus pensamientos de muchacha, su intimidad, sus interrogantes, sus sueños, sus deseos, sus miedos, esperanzas y alegrías y que aún hoy, a casi ocho décadas, es un formidable alegato acusatorio contra el nazismo. Los Frank eran alemanes, Ana nació el 12 de junio de 1929 en Frankfurt am Main, Hesse. El padre, Otto, había combatido por Alemania durante la Primera Guerra Mundial y cuando nació Ana era un comerciante, un pequeño empresario, dueño de Opekta, una empresa dedicada a elaborar materia prima para la fabricación de dulces y mermeladas.

La llegada de Hitler al poder en 1933, las primeras leyes raciales del Reich y la violencia contra los judíos, impulsó a Otto a abrir una filial de su empresa en Ámsterdam. El exilio les hizo perder la ciudadanía alemana según las nuevas reglas del Reich. Fue en Holanda donde Ana empezó a escribir en secreto. El 10 de mayo de 1940, cuando a Ana le faltaba un mes para cumplir once años, los alemanes ocuparon Holanda, la reina Guillermina se exilió en Londres y los judíos supieron que les esperaba el mismo destino que a los judíos de Alemania. En Holanda, los nazis aplicaron las mismas leyes raciales, los judíos perdieron sus derechos, fueron apartados de la vida social, de las instituciones públicas y de los cargos oficiales; pronto los obligaron a andar por la calle y per la vida con una estrella de David prendida a sus ropas.

Otto Frank tomó entonces dos decisiones que, pensó, salvarían a su familia: cedió la dirección de su empresa a dos colaboradores no judíos, y armó un escondite secreto en la parte trasera del 263 de la calle Prinsengracht: la “casa de atrás”. Eran tres plantas unidas al edificio principal, con dos habitaciones y baño en la primera planta, cincuenta metros cuadrados unidos al edifico principal, una habitación grande y otra más chica en el piso superior y una buhardilla a la que se llegaba por una escalera de mano. A esa “casa de atrás”, se accedía por la puerta disimulada como una estantería en el edificio principal. El pequeño complejo fue construido en secreto y por si era necesario usarlo alguna vez.

En junio de 1942, Otto tomó otra decisión que, no podía saberlo, iba a tener un alcance impresionante: el día que Ana cumplió trece años, le regaló un cuaderno de tapas rojas y blancas, biseladas con beige, para que usara como diario íntimo: ya no era un secreto para los Frank que Ana quería ser escritora. Semanas después, Margot, tres años mayor que Ana, recibió una citación de la “Unidad central para la emigración judía en Ámsterdam”, que ordenaba su deportación a un campo de trabajo. Otto supo entonces que era el momento de usar la casa de atrás.

El 6 de julio mudó allí a toda su familia, con la ayuda de dos o tres personas que en los siguientes dos años, les llevaron a diario ropa y comida y arriesgaron sus vidas para salvarlos. Eran Miep Gies, Víctor Kugler y Johannes Kleiman a quienes los Frank llamaron sus “protectores”. Para los protectores, los Frank eran los “escondidos”. Una semana después se unieron a los escondidos los Van Pels, Hermann, Augusta y Peter. Él era un carnicero judío que se había asociado a Frank para montar una pequeña empresa dedicada a la venta de especias. En noviembre, se sumó el dentista Pfeffe. Y basta. Ya no cabía nadie más en aquel escondite.

¿Cómo vivieron los escondidos durante setecientos setenta días? Gracias a una estudiada, cuidadosa, invariable rutina. Amanecían muy temprano, verano e invierno, a las seis cuarenta y cinco. Usaban el baño por turno, pero había que olvidar su uso durante buena parte del día a partir de las ocho y media de la mañana, porque a esa hora entraban a trabajar los dependientes del almacén: el anexo secreto estaba justo arriba del almacén y cualquier ruido, el correr del agua por ejemplo, hubiese despertado curiosidad. A las doce y media, cuando todo el mundo salía a almorzar, los protectores acercaban a las escondidos ropas, comida y lo que hiciese falta. Solían comer todos juntos, con la radio sintonizada en la BBC de Londres, que daba los últimos partes de la guerra, y podían usar el baño de nuevo. Cuando los dependientes volvían del almuerzo, todo volvía a ser secreto y silencio hasta las cinco y media de la tarde. Cuando el almacén quedaba vacío, los Frank, los Van Pels y el dentista Pfeffe ya no tenían obligación de ocultarse en la casa de atrás, pero sí de andar por el edificio con suma discreción: ningún ruido podía salir al exterior de un edificio que se suponía desierto. La cena se unía a los preparativos para regresar a la “casa de atrás” y al sueño vigilante, hasta despertar al otro día, de nuevo a las seis cuarenta y cinco. Así durante dos años y un mes.

Y ahora, todo aquel andamiaje que pendía de los caprichosos hilos del azar, se había desmoronado ante la pistola del nazi Silberbauer. ¿Qué había pasado? Los nazis llegaron al almacén de la calle Prinsengracht entre las diez y media y las once de la mañana de aquel 4 de agosto. Encararon al empleado Willem van Maaren que los envió al piso de arriba, para hablar con sus jefes. No hay constancia de que van Maaren haya sabido algo de los escondidos. Los nazis trepan las escaleras. En una oficina trabaja Miep Gies, protectora de los Frank y compañía. “De pronto se abrió la puerta y entró un hombre pequeño, con un revólver en la mano. Me apuntó a la cabeza.” El resto de los oficiales nazis encara en su oficina a Víktor Kugler, es el director de la empresa y otro de los protectores. Le hacen algunas preguntas y recorren el edificio entero con él. “La policía subió al cuarto de almacenamiento, en la casa delantera, y preguntaron qué había en las cajas, bolsas y bolsos acumulados allí. Tuve que abrir todo mientras pensaba, Dios mío, ojalá sea la revisión de la casa y que termine pronto”.

No terminó pronto. La inspección duró casi dos horas, hasta que, no se supo nunca cómo, hallaron la puerta secreta. En ese momento, Otto Frank, el único que sobrevivió a la guerra de los ocho escondidos, estaba en la buhardilla junto a Peter van Pels a quien ayudaba con sus estudios sin escuela. “De repente, alguien subió corriendo las escaleras y cuando se abrió la puerta un hombre estaba parado frente a nosotros, con una pistola en la mano. Abajo estaban todos: mi esposa, mis hijas y los van Pels, todos con las manos en alto.” (Infobae)

Valora este artículo
(1 Voto)

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.