Los recientes movimientos militares de EE.UU. a las costas de Venezuela han generado gran tensión en la región. El gobierno de Trump desplegó en el Caribe seis buques de guerra equipados con misiles guiados, además de un submarino nuclear, en el marco de su estrategia contra los cárteles de narcotráfico. Se trata de la mayor operación militar estadounidense desde la ejecutada en 1989 para derrocar la dictadura de Manuel Antonio Noriega en Panamá.
En respuesta, Venezuela anunció un reclutamiento de “milicianos” y el despliegue de 15.000 efectivos militares en la frontera con Colombia, junto con vehículos, drones, aeronaves y navegación fluvial.
Si bien Trump justificó su acción como parte de una política antidrogas, hay que considerar que son varias las denuncias de vínculos del gobierno de Venezuela con grupos de narcotráfico y crimen organizado. ¿Podría entonces un enfrentamiento militar con Venezuela realmente contribuir a liberar al país? La presencia militar tan imponente sugiere una clara manifestación de poder, más allá de meras operaciones contra el narcotráfico.
La historia muestra que las intervenciones estadounidenses con retórica democrática han sido polémicas. El caso de Afganistán, por ejemplo, ilustra cómo estas operaciones pueden desencadenar conflictos prolongados y fracasos en la construcción de instituciones duraderas. No se puede trivializar el futuro de un país por un show de despliegue militar.
Venezuela lleva años viviendo bajo un régimen autoritario respaldado por redes del narcotráfico. Su población ha enfrentado escasez, represión e incertidumbre. Aunque muchos anhelan una transición hacia una verdadera democracia, aceptar una intervención militar estadounidense, especialmente bajo un liderazgo como el de Trump, suscita serias dudas sobre su moralidad, eficacia y consecuencias a largo plazo.
Utilizar la derrota del autoritarismo como pretexto para proyectar fuerza política, sin establecer una estrategia clara de paz, justicia o reconstrucción institucional, sería cuestionable. Venezuela merece una salida que construya, no una que agregue capas de violencia, desconfianza y dependencia geopolítica.
Si cae Venezuela, Nicaragua y Cuba se quedan sin petróleo; la caída de Ortega y Díaz Canel ya sería cuestión de meses.