Jorge Glas nació en el país equivocado y en la época errada. Si hubiera llegado al mundo en México, allá por 1936 cuando arrancaba la época de oro del cine, Pedro Infante, Jorge Negrete o incluso Pedro Armendáriz quedarían ameba junto a nuestro exvicepresidente preso.
Verlo entrar a la Corte Nacional de Justicia, arrastrando los pies, con el cabello blanco (donde aún le queda), sin su aretito de dandy y con esa mirada de mil yardas, hace que uno suelte sin filtro: “¡Pero qué viejo está!”… cuando apenas tiene 55 años. Lo veo otra vez y no puedo evitar cantar: “Te felicito, qué bien actúas…”.
En redes sociales han aparecido varias voces —algunas de personas con criterio y opiniones respetables— pidiendo “piedad” para Glas porque “pobrecito”, “se han ensañado con él”.
¿Pobrecito? ¡Pobrecito mis polainas!”
El hombre malversó, según la Fiscalía, 225 millones de dólares solo en el caso “Reconstrucción de Manabí”. Y en los otros procesos por los que está pagando cárcel, mejor ni saber cuánto fue.
Lo de Glas es victimismo. Quiere autoproclamarse mártir de la Revolución Ciudadana porque, como le confesó a Soledad Padilla, sueña con ser “el Mandela ecuatoriano”. Pero en su infinita egolatría olvida un pequeño detalle: a Mandela lo encarcelaron por oponerse al apartheid, por incitar huelgas contra un sistema racista, y le endilgaron sabotaje contra el Estado. A Glas lo encerraron por ladrón.
Mandela pasó 27 años preso por luchar contra un régimen que segregaba y humillaba a millones de personas. Glas está preso por meterle mano al Estado. Y, aun así, muchos le compran el papel de viejito loquito que ve sangre. Quizás esos síntomas, como aseguró Soledad Padilla, sean efectos secundarios de su adicción a ciertas drogas legales.
Jorge Glas ha hecho de su situación un espectáculo. El síndrome del mártir —o victimismo— es un patrón de comportamiento que debe tratarse. Quienes lo padecen suelen tener baja autoestima y dificultades para relacionarse… y Glas nunca destacó precisamente por su habilidad social. Maltrataba a sus colaboradores, humillaba a mujeres y, para colmo, era un soquete en temas de conquista. Según Padilla, nunca le pidió ser su novia ni insinuó nada romántico; un día simplemente le soltó: “¡Ya pues, Soledad! ¿Vas a aflojar?”. Todo un poeta.
En esta puesta en escena, Glas espera que ustedes —almas de buen corazón— se levanten, aplaudan su interpretación y exijan a gritos que le den lo que pide el histrión. Pero cuando cae el telón, Jorge se arregla, se perfuma y aparece en videos cantando con sus amigas de la RC esa pegajosa melodía:
“¿Quién es ese hombre… que me mira y me desnudaaaa?”
Bueno para trabajar en un circo junto al payasito Chapana