La actual administración municipal, apenas tomó posesión, decidió “modernizar” el Municipio. Pero su idea de modernización, al más puro estilo de Betty la Fea, se ha limitado a un cambio cosmético: pintar los bienes públicos de nuevos colores, comprar chalequitos y chompas para los funcionarios, hacer un par de parques y ya. La renovación de la imagen institucional vino de la mano gratuita y cercana del equipo del nuevo alcalde, convenientemente la imagen de ciudad para desarrollar – sentido de pertenencia, vino acompañada de los colores celeste, rojo y azul, casualmente los mismos tonos asociados al partido de la Revolución Ciudadana.
De milagro, el Palacio Municipal sigue intacto, porque ahora todo lo demás –desde los tachos de basura hasta los flamantes buses eléctricos– luce esta nueva paleta. ¿Cómo se supone que consolidemos una identidad como ciudad si la imagen, los logos y los colores del Municipio cambian con cada administración? Nadie ha garantizado que se respeten los colores que, desde la escuela, nos enseñaron le pertenecen y se identifican con la bandera de Quito.
Pero más allá de esta superficialidad, lo que realmente preocupa es que el alcalde nos prometió que Quito renace, aunque parece que lo está haciendo con fórceps y bajo el agua.
No es culpa de la Alcaldía el clima, pero sí lo es la falta de previsión ante la lluvia, que ha convertido nuestras calles en piscinas públicas. Y esto no solo afecta a los florindos que circulan en auto, sino también a los llamingos que usamos transporte público, caminamos o a los ambientalistas y deportistas que van pedaleando por la ciudad.
Es una falta de respeto que, sabiendo que el pavimento y los bacheos en Quito han sido de pésima calidad (¿alguien está fiscalizando esto?), no se haya planificado el uso de mejores materiales para darnos una calidad de vida más digna.
Si el alcalde y su equipo, aislados de la realidad cotidiana de los quiteños, insisten en este forzado renacer, terminarán agotando nuestra salud, nuestras llantas, nuestros ahorros y, lo peor, nuestra paciencia. Y perder esto último, en un contexto donde una revocatoria asoma en el horizonte, puede ser el peor error de cálculo político para Pabel Muñoz.
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