¿Cumple la academia con su rol frente a la inseguridad del país?

Mar 31, 2025

Por María Fernanda Noboa

Me parece que no totalmente. Indagando brevemente múltiples miradas de algunas de las funciones rectoras de la academia (particularmente la investigación y vinculación con la sociedad) resultan curiosas- por decirlo menos- algunas perspectivas derivadas, entre otros factores, del polarizado contexto electoral actual que parece haber contaminado incluso las prácticas discursivas de la academia. Es innegable que la producción de conocimiento experto, en la disciplina de la seguridad, como una de las áreas de los estudios estratégicos contemporáneos, no puede comprenderse marginando las lógicas del poder que la subyacen.  Sin embargo, resulta un contrasentido, sobre todo luego de las últimas revoluciones contemporáneas del saber, pretender mostrar un conocimiento neutro y objetivo, aún anclado a la racionalidad clásica, reduccionista, fragmentaria y simplificadora, pretendiendo mostrarse como “exacto e inmutable”; es más, con una engañosa capacidad de controlar todo lo que ocurre en el mundo de la seguridad ecuatoriana, mediante explicaciones y proyecciones, tecnocráticas e instrumentales, propias de gran parte de los expertos en cifras y estadísticas.

Los académicos de esta línea, desde un conocimiento duro, como entes super poderosos, tratan de reducir la naturaleza de las problemáticas de seguridad locales, recortándolas de su génesis regional y global, o desfigurándola, pretendiendo que solo las miradas que se tiñen de estas posturas son inmutables y casi esculpidas en piedra, adhiriendo a la pretendida neutralidad valorativa de la ciencia.

Obviamente, esto es el resultado de puntos congelados y lugares comunes en la disciplina de la seguridad, divorciándola de otras disciplinas y ciencias que necesariamente deben incluirse en cualquier producción sistémico en seguridad como lo son las ciencias de la complejidad, la transdisciplina y la prospectiva, enfoques que son débilmente trabajados en nuestro medio. Esta postura frente a la seguridad ha calado en la proliferación de expertos-nunca antes vista- que pretenden ser la luz en el camino de otros, penosamente considerando “realidades de moda o novelería” o reflexiones ajustadas a una visibilidad mediática y política mercantilizada.  

La otra entrada de análisis es una más conciliadora, descriptiva, igualmente intentando develar la naturaleza de los problemas de seguridad, aduciendo que ella, como entidad pasiva, es la poseedora de secretos por ser develados que “están allá afuera”: un conjunto de piezas para armar rompecabezas complejos que la academia busca resolver desde distintos marcos analíticos; es más, mediante miradas ascépticas y normativas del deber ser, cuya escrupulosidad funciona como garantía de confiabilidad de un conocimiento riguroso para ser legitimado socialmente.

Lo dicho, sobre todo, cuando se trata de inclinar la balanza del resto de actores de la sociedad hacia el diseño y definición de las líneas para la construcción de políticas públicas en seguridad, que favorecen a determinados sectores, quedando el sentido de lo público en papel, por ende, con claras finalidades ideológicas. Este proceso evidencia una grave inadecuación de las problemáticas de la seguridad y las formas hegemónicas de construcción de conocimiento y validación del saber, por lo que es indispensable que cada académico evidencie su propio lugar de enunciación en la construcción del conocimiento en seguridad como acto de honestidad intelectual, si se pretende con dichos insumos aportar a la gobernanza de la seguridad en el país.

La tercera postura, y a la que adhiero, y considero la más escasa es la autorreflexividad crítica. No es desde la teoría o los métodos que se indaga la realidad que tiene relación con un campo de estudio y sus problemáticas, sino desde la conciencia del rol de responsabilidad social y compromiso ético de cada académico. Implica la producción de investigación y conocimiento clave para el logro de una ciencia situada y políticamente comprometida con las propias condiciones del país, con la respuesta a la ansiada institucionalidad del sector, su innovación y su acción transformadora para el beneficio de la sociedad en su conjunto y no la simple elitización del conocimiento en clave electoral.  

Adicionalmente, se asocia a la comprensión cabal de la trayectoria histórica, los hechos portadores de futuro, las semillas de cambio, emergencias y disrupciones en seguridad, hoy materia altamente sensible, por las condiciones que atraviesa el país. El compromiso hacia la transformación permanente en el quehacer académico tiene que ver con la sostenibilidad y respeto por las generaciones venideras, con prudencia y humildad, entendiendo el contexto más allá de las coyunturas. La transición hacia una ciencia más incluyente, más dinámica y abarcativa, incorporando nuevas voces- de poblaciones vulnerables e históricamente excluidas y sus registros- que humanicen la producción científica y académica. Construir analíticas en este marco implica mojarse los zapatos, reconocer la transversalidad de las prácticas políticas y su incidencia en el discurso académico. En otras palabras, estudiando adaptativamente los continuos cambios en las dinámicas de la seguridad, buscando la adaptabilidad en conceptos y métodos, pero sobre todo tendiendo al fortalecimiento de retos en la construcción de conocimiento transdisciplinario innovador, orientando un sentido de futuro, imágenes positivas y esperanzadoras del tipo de sociedad en la que todos merecemos vivir como ciudadanos ecuatorianos.

¿Cómo debería, entonces, responder la academia desde el entendido de que no existe neutralidad política, situando fines éticos y axiológicos irrenunciables en el estudio de la seguridad y la insinuación estratégica de rutas de acción para la superación de la crisis actual?



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