La obra de Augusto Roa Bastos, publicada en 1974, “Yo, El Supremo”, trata sobre el dictador paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó su país de 1813 a 1840; es decir, durante 27 años. Este déspota, como todos, se creía embestido de un poder divino que le autorizaba a gobernar, con mano de hierro, a su pueblo, del cual se veía como su dueño.
La novela narra la forma en que Rodríguez de Francia, que se autodenominaba El Supremo, gobernaba. Sobran las historias de injusticia, abuso, violencia, racismo, explotación a las que sometió al pueblo guaraní. Durante su presencia, aisló a Paraguay de la comunidad internacional, administrando su territorio como una hacienda. Hasta existe el mito de que llevaba las cuentas del erario nacional en un cuaderno que él, personalmente, las anotaba.
El debate, aunque nos mostró el verdadero rostro de los candidatos, no nos sorprendió porque era lo que se esperaba. Sin embargo, cuando escuche frases repetitivas de la candidata González, como: “Mi país”, “… en mi gobierno”, no me dejó de llamar la atención que alguien que aspira a gobernarnos, hable siempre en primera persona: Yo, cuando lo correcto sería hablar en primera persona del plural, Nosotros, y decir “Nuestro país”, “… en nuestro gobierno”; primero porque ella no va a gobernar sola; y, segundo, porque se supone que quiere incluirnos y representarnos a todos los ecuatorianos.
En cualquiera de los dos casos, el Nosotros implica inclusión, el Yo… soberbia. Pero más allá de las formas gramaticales, el mensaje fue claro, “Aquí mando Yo y solamente importa lo que Yo diga”, el Nosotros, simplemente para ella no existe. Sus frases en primera persona fueron repetitivas en su discurso.
Yo, El Supremo, es decir Rodríguez de Francia, fue un ególatra consumado que sumió a su país en un capítulo oscuro de su historia, que gobernó solamente desde su visión mezquina, aunque, contradictoriamente, proclamaba que “Prefiero morir que volver a ver a patria oprimida y en esclavitud”.
Bueno, si eso que queremos para nuestro Ecuador, tenemos una candidata nata que cumple los requisitos y así como estoy segura que le encantaría proclamarse “Yo, La Suprema”, también estoy segura que ni siquiera sabría de donde viene el título.
Lo peor de todo es que precisamente por eso ganará.