El movimiento Revolución Ciudadana ha quedado expuesto a críticas por las inconsistencias entre su discurso público en favor de los derechos de las mujeres y sus acciones dentro del ejercicio político. Diversas voces, tanto dentro como fuera del movimiento, señalan que existe una marcada diferencia entre lo que se promueve en el discurso y lo que realmente ocurre en la práctica.
En el ámbito legislativo, varios episodios han puesto en evidencia estas contradicciones. Por ejemplo, se ha cuestionado la manera en que ciertas asambleístas han sido descalificadas o desplazadas de espacios clave, pese a que el movimiento sostiene públicamente que impulsa el liderazgo femenino.
Uno de los casos más comentados fue el de la exasambleísta Jhajaira Urresta, quien denunció haber sido objeto de burlas y discriminación, tanto en el pleno como al interior de su propio bloque. A pesar de las expresiones de solidaridad manifestadas por figuras del correísmo, como el ministro Niels Olsen, persisten dudas sobre si estas acciones reflejan un compromiso auténtico o si responden a una estrategia de imagen.
A esto se suma la escasa participación de mujeres en roles de dirección dentro de la estructura del movimiento, lo que refuerza las críticas sobre una participación política que, aunque enarbola la bandera de la igualdad, no siempre la traduce en hechos.
Analistas consultados coinciden en que la Revolución Ciudadana debe revisar con urgencia la coherencia entre su narrativa y sus prácticas internas si desea mantener credibilidad y liderazgo en temas de equidad de género. Mientras tanto, diversas organizaciones sociales continúan exigiendo una representación real y respetuosa de las mujeres en todos los espacios del poder político.
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