En una era marcada por la hiperconexión y la búsqueda constante de gratificación inmediata, la línea entre el placer y la felicidad se ha vuelto cada vez más difusa. Expertos en neurociencia, psicología y filosofía contemporánea alertan sobre los riesgos de confundir estos dos conceptos, que aunque relacionados, operan en el cerebro de manera distinta.
Según el endocrinólogo Robert Lustig, el placer está vinculado a la dopamina, un neurotransmisor que genera sensaciones inmediatas de recompensa y deseo, pero que también es adictivo y efímero. En contraste, la felicidad depende de la serotonina, responsable de regular el bienestar duradero y el sentido de propósito. Lustig advierte que la sobreestimulación constante, como el uso excesivo de pantallas y redes sociales, alimenta una cultura adicta a los “subidones” dopamínicos, lo que a menudo lleva a la insatisfacción y el agotamiento emocional.
Además, expertos como Anna Lembke, psiquiatra y autora de Dopamine Nation, subrayan que la constante búsqueda de placer impide el disfrute de momentos de tranquilidad necesarios para la introspección y el bienestar profundo. La psicóloga Silvia Congost también señala que la sobreestimulación emocional, a la par de la desconexión, es una de las principales causas del agotamiento emocional actual.
Por otro lado, investigadores como Sonja Lyubomirsky, profesora de psicología en la Universidad de California, concluyen que el 40% del bienestar subjetivo proviene de hábitos cotidianos como dormir bien, practicar la gratitud y meditar, en lugar de la búsqueda de estímulos externos.
Frente a una sociedad que valora la velocidad y la acumulación, filósofos como Frédéric Lenoir defienden que la verdadera felicidad surge del interior, no de lo que se obtiene del exterior. En este contexto, el monje budista Matthieu Ricard, conocido por su elevada actividad cerebral asociada al bienestar, afirma que “la felicidad es un estado mental que se entrena, no un estado que se persigue”.
En cuanto a las relaciones humanas, el Harvard Study of Adult Development, uno de los estudios más largos sobre bienestar humano, demuestra que la clave para una felicidad a largo plazo no radica en la riqueza o el éxito profesional, sino en la calidad de las relaciones emocionales que cultivamos.
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