A lo que venimos:
Allá, por tierras centroamericanas, los gentilicios son reemplazados por apodos; por ejemplo, en lugar de hondureños, se les dice Catrachos, por la dificultad de pronunciar el apellido del general Florencio Xatruch, decían “Catruch” o algo parecido. A los salvadoreños se les conoce por Guanacos, por resistir tantos golpes políticos en su historia del siglo XX. A los guatemaltecos se les conoce como Chapines, por su aristocracia en tiempos coloniales. Y así, los conocidos Ticos, por el uso repetido de los diminutivos, o también los Nicas …
Sin irnos muy lejos, ciertas partes de nuestro territorio equinoccial tienen su chapa colectiva como una marca identitaria del lugar natal. Tomamos como ejemplo a los Monos, Pastusos, Morlacos; sin embargo, la provincia que más identifica sus cantones con apodos es Manabís: son Chupamangos, los de Portoviejo; Patasalada, los de Manta; Dulceros, a los de Rocafuerte; Comecuras, los de Montecristi; Camisitas de Seda, los de Bahía…
Pero ahora sí viene lo interesante, lo que usted esperaba, amigo lector. Resulta que las instituciones castrenses vienen a ser las más ricas en apodos, ya que allí, esto es una tradición de larga data y que pasa a constituirse en algo sagrado. Tal como me oye, sagrado. Identificarse como Duques, Popeyes o Corsarios suena incompleto, aburrido, incluso medio formal. Aquí falta. Y falta mucho; por tal razón, ponemos a la disposición un listado de referencia desde otras filas, cuyo ingenio ha sido tan avanzado, tan ingenioso, tan inteligente, que los miembros de cada grupo inflan su pecho al pronunciar su apodo colectivo, tal es el caso de Los Caracoles, por arrastrados, babosos y feos… “Caracol, a mucha honra”.
Según las estadísticas y estudios científicos, otros que inflan el pecho con menor intensidad son Los Cuatreros, pues ellos llevan el centro de gravedad de todo este festival de apodos. En la retaguardia del tiempo están Los Shunshos, seguidos de Los Iluminados, en cuyo menú, se hicieron acreedores al mote de Caníbales: basta con saber que se comieron entre ellos al final del túnel. Asimismo, tenemos grupos anónimos como La Sin Nombre, cuyo apodo inicial era Niños de Probeta. Escarbando el tiempo tenemos a Los Costales, a Los Encapuchados… Y más atrás tenemos al grupo SIDA: Sin Indicios de Ascenso. En este punto, vale aclarar que algunos grupos dicen no tener apodo. Falso. Vamos aclarando: si no ha pasado nada, si no han hecho nada, serán registrados en el libro como Huayrapamushcas.
En los grupos de vanguardia están Los Gremlins: numerosos, diversos, peligrosos en invierno. Pasamos a Los Pelados y luego Los Locomías: una forma diferente de canibalismo. Ahí vienen Los Vietnamitas: alto sufrimiento, llanto, dolor… Todas unas Dolorosas. Los Pupos, pasan la vida preguntándose ¿para qué sirve el pupo? Y Los Churos, hijos de Los Caracoles. Y aquí hacen su paso caballeresco Los Apocalípticos: representados por un segmento de elegidos por un jefe sin criterio que forzó su destino, el destino de los jinetes del Apocalipsis que cabalgan en llamingo.
Este arte – ciencia de los apodos colectivos nunca murió. Pues debe considerarse que, con la guerra, el asunto se fortaleció; por eso llegaron Los Fujimoris, héroes consagrados hasta en las granjas porcinas. El grupo que le sigue son Las Plantas: vegetaban y vegetaban, gracias a la protección de San Telmo. Así también, por pérdida o sustracción, los motejaron Las Ratas. Y por intocables, y por pura simplicidad, Las Barbies. Y por pura escasez de vocabulario castellano, se hacen presentes Los Jenjerenjes, solo eso sabían pronunciar. Aunque en número no superaron a Los Gremlins, ahora vienen Los Cuyes. Y dicen llamarse No te Vayas Lucho, pero suena mejor Yogures, por ricos y deliciosos. Y por haber sido Coshcos, ellos constan en el escalafón como la primera llamada. Y la idea se hizo realidad cuando llegaron las mujeres. No se sabe a ciencia cierta si esa idea fue de una diputada o de La Golondrina que no hizo primavera, lo cierto es que las mujeres provocaron avalanchas sentimentales, razón por la que se conoce a este grupo como Los Teletubbies, por lindos, suaves, dulces y tiernos y muy solicitados por las cámaras de televisión.
Luego vendrá el Grupo Cero, cero a la izquierda y cero a la derecha; o sea, nada, nada de nada. Y la investigación continúa desempolvando la historia. Ahora vamos por Los Mercachifles, Los Rugrats, Los Bolivianos, Los Cuervos, Los Muertos, Los Cactus, Los Burros, Los QEJ, Los Terroristas, Los Camargos… En fin, amigo lector, la lista es muy larga, como larga es la historia. Por ahora, le damos las gracias por su grata compañía. Y si usted pertenece a uno de los grupos en mención, sonría, que la vida necesita de su comprensión y buen sentido del humor. Recuerde que aquí está la verdadera historia. Y no se pierda el próximo jueves, tendremos apodos individuales y otras sorpresas. Hasta pronto.
Como lector, debo confesar que me he quedado insatisfecho, pues el autor no aclara ni el porqué ni el significado de los diversos apodos, por lo cual es imposible comprender su objetivo.
Como dato anecdótico, tal vez antipático, señalo que en las Memorias Nº 75 de la Academia Ecuatoriana de la Lengua (2015) se publicó mi discurso de incorporación a dicha institución como miembro correspondiente, intitulado: “Apodos e insultos en el Reino de Quito”.