Policías torturados reciben atención sicológica

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A pesar de que ha transcurrido casi un mes, el capitán de Policía Andrés Proaño recuerda con nitidez todo lo que soportó, junto con 53 de sus compañeros, durante las 11 horas que pasó cautivo en el sector de Calderón, al norte de Quito.

La primera orden que recibió la mañana del sábado 12 de octubre, el día mas violento de las protestas indígenas en la capital, fue la de acudir al sector de la Panamericana norte para habilitar la vía que estaba tomada por los manifestantes.

El personal policial llegó al sector alrededor de las 08:30 y cerca de las 11:00 lograron despejar la calle, por lo que emprendieron su regreso a pie hasta donde estaban los vehículos. Pero de repente cientos de personas bajaron por las laderas que bordean la carretera y los interceptaron en cuestión de segundos.

El oficial y sus compañeros no pudieron repeler el ataque, pues no tenían bombas lacrimógenas, “solo un casco, el chaleco antibalas y un escudo plástico”.

La muchedumbre que los cercó empezó a insultarlos. “Nos gritaban asesinos. Decían hay que matarlos, al tiempo que nos lanzaban golpes”, recordó.

Enseguida les obligaron a sacarse los zapatos y los llevaron caminando hasta el estadio de Calderón, a cuatro kilómetros de donde estaban. Durante el recorrido las amenazas y golpes continuaron por lo que algunos de los agentes empezaron a sangrar.

Más tarde llegó una mujer que se presentó como dirigente de la Conaie y la escucharon decir que los trasladarían al parque El Arbolito para intercambiarlos con detenidos en las protestas.

Cerca de las 15:00 los sacaron nuevamente para llevarlos a la iglesia. “La turba estaba más agresiva porque decían que habían muerto indígenas en el paro y que por eso se debía matar también policías”.

La iglesia está a pocas cuadras del estadio. Por eso los moradores hicieron un callejón humano y “mientras pasábamos nos seguían insultando, pegando con palos, lanzaban piedras, otros arrojaban botellas de vidrio al piso para que se rompieran y las pisáramos”.

Las amenazas de muerte se incrementaban conforme avanzaban bajo la lluvia de golpes, hasta que uno de los manifestantes se acercó y los roció con gasolina.

“Ese momento estuve a punto de quebrarme y más cuando observé el semblante de un compañero quien trataba de limpiarse el combustible de la cara”.

El traslado duró varios minutos que se hicieron eternos para los retenidos. “No pensaba nada. Ya no sentía las agresiones. Solo rogaba a Dios que nadie lanzara un fósforo prendido”.

Una vez dentro del templo dejaron de agredirlos. Se sentaron extenuados en las bancas de madera y varios de ellos no pudieron más: se cubrieron el rostro para que no los vieran llorar.

Proaño recordó que los dejaron con siete custodios cuando empezó a oscurecer. Alrededor de las 22:00 escucharon un estruendo fuerte. La puerta de la iglesia cayó al tiempo que un grupo del GOE avanzaba. “Tranquilos ya están a salvo”, les dijeron y sin perder tiempo sometieron a los captores. Los secuestrados salieron corriendo. Afuera abrazaron a sus compañeros y los llevaron hasta el hospital de la Policía.

El capitán señaló que en los 10 años de servicio en el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) nunca imaginó que tendría que experimentar algo semejante. “Personas demasiado violentas; gracias a Dios y a la preparación que recibimos logramos soportar todo lo que pasamos”.

Al cabo de pocos días y tras conversar con sus compañeros de la jornada, el oficial se enteró de que varios toman medicinas para los nervios. “Me contaron que tienen pesadillas, no pueden dormir o despiertan intempestivamente”.

Algo similar experimentó el cabo Johnny Coka, integrante del Grupo de Operaciones Especiales (GOE), cuando enfrentó a una turba de manifestantes en el sector de la Asamblea.

El uniformado comentó que no había razón para que los atacaran pues solo resguardaban las instalaciones. Pero de pronto se abalanzaron los manifestantes en filas lanzando piedras y voladores.

En ese instante se vio abrumado y repelió el avance con las bombas lacrimógenas de mano. “Sabemos cómo usarlas y nunca lanzamos al cuerpo porque es peligroso”.

La situación se complicó por la cantidad de personas que atacaban al contingente de uniformados. Coka solo retrocedió y corrió, pero tropezó y cayó de rodillas en el filo de la vereda.

No sintió nada se incorporó y siguió corriendo. Pero al cabo de una hora sus compañeros le indicaron que sangraba mucho; entonces lo evacuaron al hospital. “Me lastimé la rodilla; por fortuna solo fue superficial, comentó el oficial que además es un ciclista de élite que ha ganado varias competencias en el país.

En los días de recuperación llegó a pensar que no podría volver a practicar su deporte favorito. “No entiendo por qué la gente estaba tan violenta, solo querían hacernos daño; también somos personas que cumplimos con nuestro trabajo, tenemos metas y familia por quien velar”.

Ese mismo día, en la Asamblea Nacional, el cabo Joseph Proaño del GOE recibió el impacto de un volador que le explotó en la pierna izquierda. El impacto lo tumbó al piso mientras sangraba. Sus compañeros intentaron darle los primeros auxilios, pero los manifestantes les seguían arrojando piedras y voladores.

Fue necesario sacarlo en helicóptero porque los protestantes no daban paso a las ambulancias. Esta situación no solo le causó varios días de recuperación sino que alarmó a su madre que llegó a Quito desde Tulcán.

La madre tardó día y medio en llegar debido a que las protestas causaron el cierre de carreteras. “Intenté persuadirla pero estaba muy preocupada. La violencia no solo nos afectó a nosotros; sufren igual nuestras madres, hermanos, hijos, esposas”.

El director del hospital de la Policía, coronel Francisco Aguilar, señaló que durante el paro atendieron a 285 policías que llegaron con diferentes tipos de heridas. Por eso todo el personal laboró sin descanso durante los 11 días de revuelta.

El oficial añadió que la institución se encargó de los medicamentos e insumos así como de la recuperación.

Comentó que 12 policías registraron los cuadros más graves y necesitaron un periodo de hospitalización más largo; pero hoy todos están fuera de peligro.

Uno de ellos es un cabo que fue quemado por una bomba molotov. Según el cirujano Esteban Rivera, la gravedad de las quemaduras motivó su ingreso al quirófano siete veces para limpiarle las heridas y colocarle injertos de piel en el brazo.

De acuerdo con Aguilar, el departamento de salud mental iniciará un estudio con todos los gendarmes que estuvieron en las manifestaciones para determinar la afectación sicológica, especialmente, de aquellos que fueron retenidos y torturados.

Esto como parte del apoyo institucional para trabajar “en el ánimo de los agentes que somos seres humanos como todos”.

Este análisis también considerará a las familias de los uniformados, quienes igual estuvieron expuestas a altos niveles de estrés y angustia durante las protestas.

Rodrigo Polanco, coordinador de la escuela de psicología de la Universidad Internacional, dijo que los eventos vividos en el paro han dejado una huella emocional en la comunidad en general y específicamente en los miembros de la Policía; pero sobre todo en aquellos que fueron retenidos durante algunas horas.

Ese tipo de acciones genera un trauma por experimentar una situación negativa e intensa, en la cual, la vida de la persona está en riesgo.

Los síntomas asociados pueden incluir reminiscencias (flashbacks), pesadillas y angustia grave, así como pensamientos incontrolables sobre la situación.

“Esta sintomatología ocasiona considerables problemas, especialmente, en situaciones sociales o laborales”, explicó el experto. También afecta las relaciones interpersonales, generando rechazo, evasión a situaciones específicas, cambios negativos en el pensamiento y el estado de ánimo.

Además genera cambios en las reacciones físicas y procesos psicológicos importantes como por ejemplo el sueño, lo cual interfiere con el óptimo desarrollo de las tareas cotidianas.

Polanco enfatizó que, ante este problema, es necesario el abordaje terapéutico que deben recibir estas personas tratando de, en primera instancia, recuperar el autoconcepto perdido por el evento.

Luego hay que mejorar tanto las habilidades sociales como personales afectadas por el trastorno. En estos casos también el tratamiento terapéutico grupal es muy beneficioso en el sentido de tejer una red de apoyo.

También permite recuperar las capacidades individuales que facultan a los afectados a reinsertarse a sus actividades cotidianas lo más pronto posible. (El Telégrafo)

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