Don Antonio, la bicicleta y Richard

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Por Alberto Dahik Garzozi

El Ecuador entero vibra, con profunda emoción, ante el extraordinario logro de Richard Carapaz, nuevo héroe nacional, y uno de los realmente grandes deportistas ecuatorianos de todos los tiempos.

Pocos comprenden lo que significa pedalear casi todos los días, en 21 jornadas, por más de 3.500 kilómetros, a un ritmo enloquecedor. Prepararse para las contrarrelojes, así como para las etapas largas planas y las etapas de montaña. Cada una tiene una estrategia, cada una requiere una especial planificación, personal y de equipo. La disciplina que esto exige en lo psicológico, en lo táctico, en lo físico, es del más alto nivel en el deporte mundial. Es difícil pensar en una prueba deportiva más demandante que ganar una de las tres grandes competencias del ciclismo mundial de ruta: El Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España. La preparación que se necesita es realmente impresionante. Dietas estrictas, régimen físico sin y con la bicicleta, preparación mental. Este proceso demanda la más alta concentración, y por sobre todo, una fuerza de voluntad más allá de lo normal, para cuando las piernas le dicen al cerebro por favor no más, y este último impulsado por la fuerza del corazón y de los sueños las hacen seguir pedaleando.

Pero el triunfo de Richard trasciende lo deportivo. Con el paso del tiempo, los ecuatorianos, mientras vayamos digiriendo y disfrutando todos los aspectos de esta gloriosa gesta, iremos entendiendo las muchas lecciones que de ella emanan.

De por sí, su historia personal es conmovedora, al punto de emocionarnos con lágrimas. Su humilde origen, la falta de apoyo que fue manifiesta, pero por sobre todo esa primera bicicleta. La que no tenía llantas, la que no tenía pedales completos, la que hacía heroico el montarla: esa bicicleta nos da tantas lecciones.

La primera es la de don Antonio Carapaz, el padre de Richard. Valiente, emprendedor, responsable con su familia buscando honestamente el sustento, completando los ingresos con algo más de lo que le dejaba la finca familiar. Desde el Carchi hacia el Oriente ecuatoriano, viajaba para comprar chatarra y luego venderla. En uno de esos viajes dentro de la chatarra vino la famosa bicicleta. Richard la vio, y esa simbiosis entre él y esos fierros oxidados hizo que de inmediato se unieran en una relación de amor que daría luego gloria eterna al deporte nacional.

Comenzó Richard entonces a pedalear, con más dificultades que otros niños. No era la bicicleta correcta para su estatura. Todas las limitaciones que esa chatarra le imponían no fueron obstáculo, sino más bien motivación. Lo hicieron más fuerte, más luchador, más grande.

Esa bicicleta apareció porque don Antonio fue libre, libérrimo para viajar y montar su negocio. Porque no existía el código orgánico del manejo de la chatarra, ni la subsecretaría del control de la compraventa de desechos, ni la superintendencia del poder de mercado para regular a los chatarreros, ni el instituto nacional de la chatarra, ni la secretaría nacional de control de los productos metálicos usados, ni el reglamento para la utilización de hierro de desperdicio. Sí, por ese valiente emprendedor, y porque nada de lo anterior existía, Richard tuvo esa magistral bicicleta.

Luego todo es historia: sus largos ascensos y descensos por las montañas carchenses, su aguante al frío en una región particularmente alta del país, su disciplina deportiva, su apego a su familia y a los valores familiares, y el gran apoyo que toda ella, madre, esposa, hermanos e hijos le brindaron, más su convicción de que estaba haciendo lo que libremente quería hacer.

Antonio Carapaz libre, emprendedor; Richard Carapaz, libre ciclista; amando con pasión lo que hacían, son los ejes de esta historia de gloria.

Si el Ecuador quiere la gloria de salir de la pobreza y de lograr la tan ansiada equidad y mayor igualdad social, tiene que entender con este maravilloso ejemplo que solo en un ambiente de libertad económica, con el apoyo al emprendimiento, con el dejar en paz a sus ciudadanos y a las empresas, con el desmantelamiento del Estado de asfixia regulatoria que todavía existe, con el apoyo a la institución de la familia podrá salir adelante y derrotar la pobreza, como lo ha hecho Richard Carapaz, quien ha derrotado a la pobreza, quien ha derrotado al dolor de sus piernas, ha vencido a los duros ascensos, sean con lluvia o frío, ha resistido al acoso de sus rivales, se ha logrado desprender de ellos cuando era táctica y técnicamente conveniente, y se supo sobreponer al cansancio, sea físico o mental.

Gloria para Richard y para su familia, y viva la libertad que tuvo su padre para emprender, viva el sentido de familia de los Carapaz y el gran ejemplo que nos han dado a todos los ecuatorianos. Son el modelo a seguir y no aquel que pretendió alejarnos cada vez más de la libertad.

Fuente: El Universo

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