Necesitamos cadenas

1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 95% (2 Votes)

Jaime Duran 70985Por Jaime Durán Barba

La política antigua era vertical. Existía un líder que sabía todo, decía lo que quería, y una masa pasiva escuchaba. A veces los líderes pronunciaban largos discursos: Fidel, Haya de la Torre, Perón enseñaban la verdad durante horas a multitudes enfervorizadas. En otras ocasiones eran cortos pero con gran contenido, como cuando Kim Il Sung dijo “Vivan las gloriosas Fuerzas Armadas de Corea del Norte”, frase que se celebró con un feriado nacional de tres días, y los expertos analizan todavía todo lo que quiso decir. Evo Morales conmovió los paradigmas de la historia cuando dijo “En países como Puerto Rico y Cuba los indígenas prefirieron autosuicidarse antes que ser esclavos de los españoles”; “nuestros abuelos lucharon históricamente contra todos los imperios: Imperio inglés, Imperio romano, contra todos los imperios, y ahora nos toca luchar contra el Imperio norteamericano”. Esos eran líderes trascendentes.

Monólogos. El monólogo de los dueños de la palabra llegó a la cumbre con las cadenas nacionales, que silenciaron completamente al otro y permitieron que los políticos invadieran la intimidad del hogar de todos. No hay ninguna investigación que afirme que la gente se alegra cuando un señor interrumpe su programa de televisión favorito para hablarle de cosas que no le interesan. Sin embargo, la sensación de atropello satisface el ego de los autócratas que están enamorados de sus propios mitos. Las dictaduras militares de Nicaragua y Venezuela las usan para incitar a sus sicarios a matar estudiantes y disidentes, y para proclamar que cada nuevo asesinato es un golpe en contra de un imperialismo que no los toma en cuenta.

En Ecuador, Rafael Correa se especializó en usar cadenas y programas de radio en los que insultaba a los indios, a los sindicatos, a las mujeres, a los médicos, a los periodistas y a cuanta persona existía. Admitía la presencia de periodistas que preguntaban lo que quería, pero si se salían del libreto los callaba acusándolos de ser “gordita horrorosa” o “Tarzán de bonsái”.

No le fue bien: cuando se liberaron de las cadenas, miles de ecuatorianos querían golpearlo físicamente. Realizó su última campaña electoral bajo una lluvia de huevos, y algunos ciudadanos pidieron en las redes una ayuda para viajar a Bélgica con el ofrecimiento de darle una trompada. Alguno ya lo cumplió.

Durante una década asistimos en Argentina a una serie de cadenas y discursos estrafalarios, que se realizaban con frecuencia en un escenario gracioso. La Presidenta entraba con aire triunfal ante una platea repleta de aplaudidores emocionados, que no sabían lo que iba a decir pero vibraban porque sabían que iban a escuchar algo trascendental. Un amigo armó una colección de películas en las que puede verse a los aplaudidores más entusiastas, que se abrazaban, expresaban su obediencia con admiración infinita. Algunos son ahora sus enemigos más enconados. En los patios se ubicaba “el pueblo” que llegaba espontáneamente, acarreado en camiones. No tenía la altura de los aplaudidores vip, pero la lideresa se dignaba a mirarlos desde una baranda y les dirigía unas palabras sobre la epopeya de la semana. Ellos aplaudían y gritaban.

Nos acostumbramos a anuncios tan trascendentales como el desembarco de nuestra industria, el ganado de leche y la tecnología argentina económica de punta en Africa. La Presidenta habló de su viaje a Angola con una máquina cosechadora que no se pudo mover, una vaca falsificada y los CEOs de La Salada, que transmitieron a los angoleños su metodología de negocios. Esos sí eran CEOs conocidos, no como los gerentitos de Macri. Ella y el ministro Moreno pronunciaron un discurso lleno de conceptos usando el esquema de los Pimpinela, un hito en la lucha por la igualdad de género.

El proletariado mundial tembló de emoción cuando Cristina anunció el ataque a las Fuerzas Armadas norteamericanas en Buenos Aires: el canciller, provisto de un destornillador, abordó un avión imperialista y dañó la caja de claves, hazaña comparable con el bombardeo japonés de Pearl Harbor. En otro momento intentó paralizar a la cristiandad anunciando en Nueva York que Estado Islámico pretendía asesinarla por su íntima amistad con Bergoglio. Poco después conquistó a los islámicos cuando anunció que los que querían matarla eran los norteamericanos.

La lucha con los fondos buitre emocionó a la izquierda. El gobierno hizo temblar a Wall Street anunciando que no pagaría una deuda equivalente a menos de la décima parte de las pérdidas de Facebook en la mañana del último jueves. Creía que con esto daba un golpe letal al imperialismo, y que el señor que había comprado los bonos sería el gran elector de las elecciones presidenciales norteamericanas. Nunca se supo nada de él. El ministro de Economía hizo un viaje a Australia para explicar a los países más ricos del mundo que Argentina no pagaría la deuda, y que debían armar un mecanismo para que a los países que no podían pagar pequeñas sumas les hicieran un descuento. Hicimos el ridículo. Una tesis tan provinciana no podía suscitar ningún interés. Lo que logró el funcionario fue tomarse una selfie con el presidente norteamericano en un corredor.

Impacto. La verdad es que ni las hazañas antiimperialistas de Nicaragua y Venezuela ni las gestas revolucionarias del gobierno K tuvieron ningún impacto en ningún lado. Ocuparon el lugar que tuvo Idi Amin, conquistador del Imperio británico, en la sección de humor de algunos medios internacionales dejándonos en ridículo.

El actual presidente pertenece a un nuevo tipo de líderes. No pretende encadenar a nadie. Conversa, escucha. La última semana invitó a la residencia de Olivos a un grupo de periodistas para que preguntaran lo que quisieran, como lo hizo varias veces desde que empezó su mandato. Se había producido una lluvia de especulaciones acerca de lo que se anunciaría, pero este gobierno no tiene mensajes grandilocuentes ni vacas falsificadas para conquistar Madagascar.

Macri los invitó para que hicieran las preguntas que se les ocurrieran, no para contarles un relato ni imponerles sus fantasías como si fueran una verdad. Les pidió que hablaran. Preguntaron quienes resultaron sorteados, la mayoría pertenecientes a medios de oposición, que hablaron de lo que les interesaba. Para algunos, esto fue desalentador: solo un presidente carente de mensaje puede averiguar lo que piensan los demás, en vez de imponer sus supersticiones. La mayor parte de las preguntas que hicieron los periodistas fueron las típicas del mundo en que viven, parecía que veíamos uno de los canales en los que todos dicen que el mundo se acaba, que nadie llega a fin de mes, que el país no tiene salida, los temas usuales en algunos medios.

Al siguiente día, Mauricio apareció imprevistamente por Instagram pidiéndole a la gente que preguntara lo que quisiera. Durante una hora, decenas de personas hicieron preguntas interesantes. Nadie repitió alguna pregunta de las que hicieron los periodistas.

La inmensa mayoría de los electores no son economistas, ni políticos ni están interesados en el Apocalipsis que anuncian algunos técnicos. Viven. Están hartos de los políticos y de los temas de la vieja política. Por eso cae el rating de tantos programas y se agudiza la crisis de los medios: cada vez están más lejos de la gente. Es interesante comparar el contenido de la rueda de prensa con lo que preguntó la gente común. Algunos se enojarán por la comparación, dirán que los periodistas están especializados en economía y que la gente es ignorante. Eso no es verdad. Hay que saber escuchar a los otros y pensar, antes que predicar verdades absolutas.

Crisis global. El problema no es local, tiene que ver con la crisis de representación de la democracia contemporánea. Cerca del 80% de los latinoamericanos desconfía de los partidos políticos, los sindicatos, el Congreso, que son los fortines de la política vertical en nuestros países. Deben hacer un esfuerzo por comunicarse con la población, porque su mala imagen hace daño a la sociedad.

Desde hace más de diez años Mauricio y su entorno se entrenaron para escuchar a los demás, para oír más que para dar discursos. La única herramienta para hacer esto con grandes conglomerados son las encuestas profesionales. Hay ahora una fiebre de pseudoencuestas: algunos dicen que “encontraron” una encuesta que dice cualquier cosa. Muchas veces son absolutamente disparatadas, pero la mayoría de los periodistas no tiene un entrenamiento académico para usar este tipo de instrumentos.

Las encuestas se complementan con estudios cualitativos y con la observación directa, que ayuda cuando se hace sin tratar de mentir. Las personas que se conectaron por Instagram no fueron una muestra representativa, pero sí un grupo aleatorio. En estos años, el propio Mauricio y sus colaboradores han contactado con cientos de miles de personas que les han hablado espontáneamente. Este sábado realizaron un nuevo timbreo, que los llevó a la casa de miles de argentinos en todas las provincias. Casi nunca hacen las preguntas de los periodistas en Olivos, ni son apocalípticos. Se puede abordar el tema usando otras herramientas.

Si se busca información en Facebook, Google u otras herramientas de la red, se puede saber cuántos argentinos hablan de esos temas. Son muy pocos.

La idea de que el mundo no gira solamente alrededor de lo que inquieta a los políticos y sus entornos es central para hacer una política exitosa. Con el enorme avance de las ciencias de las últimas dos décadas, un dirigente necesita ser bastante ignorante para suponer que lo sabe todo. El mundo complejo en que vivimos demanda presidentes que sepan oír, que entiendan la riqueza de la pluralidad de las ideas y de las concepciones de la vida. Así logran el respeto de los demás líderes importantes que con este gobierno suelen venir a Buenos Aires.

Fuente www.perfil.com

Solo los usuarios registrados pueden agregar sus comentarios. Por favor, ingrese con su usuario y clave , o regístrese.

 

Columna Publicitaria


Reciba nuestros titulares por correo electrónico.


¿Acepta HTML?

Síguenos en Twitter...