De la cleptocracia y los kakistócratas

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Por Francisco Swett

Ecuador debe emerger de su distopía. No hay alternativa si lo que buscamos es dejar la pesadilla atrás y, ahí sí, forjar una nación altiva y soberana, en un régimen de respeto, libertad y conducta civilizada.


Son los apelativos con los que se conoce al gobierno de los ladrones (kleptes), practicado por los menos calificados miembros de una sociedad (kakistos).

Según Wikipedia, la cleptocracia es practicada por gobiernos autocráticos y nepotistas que carecen de control externo. Los cleptócratas tienen el control de los fondos públicos y la patente para robar; el tesoro nacional es fuente de su riqueza; y malgastan los recursos en proyectos y obras inútiles o concebidas para impresionar. Es, en definitiva, la economía del despojo la que practican los malandrines de la cleptocracia.

¿Y quién paga la cuenta? Pues, la sociedad. La acumulación de poder corrupto desde su origen gana terreno a costa de la extinción de los derechos políticos y de las personas; caen la inversión, la producción y el comercio; se lavan los activos dentro y fuera del país; se recurre a la falsificación de cifras y se distorsiona la realidad.

En definitiva, se degrada la calidad de vida de la colectividad mientras surgen los nuevos ricos, anteriormente desposeídos por carecer de méritos o representatividad, quienes se constituyen en la nueva burguesía: la de los privilegios, el consumo conspicuo, el abuso, y el poder otorgado por sangre o afinidad política.

La cleptocracia se nutre en sus filas de los kakistócratas, término de resonancia escatológica que describe a lo peor de una sociedad. Son adeptos que se incorporan a ella para la rapiña y la expoliación. Varios autores (Gosnod en 1644; Peacock en 1829; Harper en 1838) los han catalogado como los mesiánicos, los incendiarios, y los descendientes de Catilina. Son los que acusan y condenan, y, para preservar su impunidad, no dudan en acaparar la legislatura y las cortes, sometiendo y juzgando a su antojo a quienes osen pensar diferente, o peor, levanten su voz en protesta.

En tiempos contemporáneos, los kakistócratas, impelidos por el populismo y el SSXXI, financiados con los recursos mal habidos de las mafias, los movimientos terroristas y los narcotraficantes decidieron que, en vez de operar al margen de la ley, era mejor tomarse el poder político – para ser la Ley.

Amro Ali, un conocido bloguero, los califica como ejecutores insignes de “la estupidez como práctica de gobierno”. De la kakistocracia han surgido la cultura de la ignorancia y del lenguaje bobo como la novísima retórica de despachar los asuntos de Estado. Han brotado, cual mala yerba, parentelas que se tomaron por asalto las posiciones burocráticas de mando para formar cooperativas de cleptomaniacos. Están los descerebrados que buscan ansiosos su momento de fama y notoriedad. Son liderados por charlatanes, pendencieros y farsantes. Mujeres sin presencia pliegan a la causa e histéricamente proclaman su ciega sumisión.

Juntos crearon nuevas realidades que devinieron en distopías, lugares imaginarios en los que, salvo la condición de privilegio de ellos, la vida del resto es ruinosa: llena de privaciones, opresión y temor.

Ecuador debe emerger de su distopía. No hay alternativa si lo que buscamos es dejar la pesadilla atrás y, ahí sí, forjar una nación altiva y soberana, en un régimen de respeto, libertad y conducta civilizada.

Fuente: Expreso

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