Los dos pantalones...

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Por Miguel Palacios

Cuando tenía doce años, la vida era muy diferente a la de ahora.
No había pedagogía educativa y las buenas costumbres se imponían a base de una latigueada cuando se cometía una falta.
En el colegio san José durante la primaria, si no te sabías la lección, el profesor te hacía mostrar la palma de tu mano para darte reglazos.
Recuerdo que era un veinticuatro de Diciembre; noche buena.
Hacía pocas semanas nos habíamos cambiado a Miraflores y mi papá nos había comprado una bicicleta a mi hermano y otra para mí.
Eran cerca de las diez de la noche cuando le pedí permiso a mi mamá para dar una vuelta por la ciudadela.
No me puso ninguna objeción, porque era navidad.
Me pidió que no me demorara, ya que todos iríamos a misa a las doce de la noche, para luego regresar a la casa para cenar con mis tíos y mis primos.
La iglesia quedaba frente a mi ventana.
Desde mi cuarto podía divisar el altar cuando no había mucha gente.
Así que cogí mi bicicleta y me fui en dirección a la avenida las Palmas, donde vivía la chica por quien suspiraba.
Al llegar a la avenida central, me encontré con mí primo mayor de diez y nueve años, que estaba sentado en la esquina con algunos amigos de su edad.
Cuando pasaba al frente suyo, me llamó y con una vos balbuceante que no se le entendía me dijo: Mikiii; Mikiii...ven para acá carajo.
Siéntate con tu primo; tómate un trago conmigo.
Yo sin saber qué hacer y peor no sabiendo lo que hacía, me senté a su lado.
Entre sus piernas apretaba un enorme garrafón de vidrio que contenía puro de la provincia del Oro, mezclado con rodajas de mango macerado.
Cuando tomé el primer trago sentí que todo se me incendiaba desde la boca hasta el estómago.
Una sensación desagradable, desesperante y ardiente me quemaba.
Sentía ganas de vomitar; tenía náuseas, parecía que moría.
Todos rieron de mi cara y por mis gestos.
Yo sentía que me caía; pero para cuando ya había tomado la decisión de marcharme, mi primo me agarró de la cabeza para que tomara un segundo trago.
Esta vez fue peor que el anterior.
Aparte del fuego que corroía mis entrañas, tenía un mareo incontrolable que no me permitía estar parado. Las voces de los que estaban junto a mí y el foco de la luz que tenuemente nos alumbraba, se hacían cada vez más diminutos; todo era una borrosa irrealidad.
Las cosas se veían como si estuvieran lejos, pero en realidad estaban cerca.
Solo escuchaba las risas de mi primo y sus amigos.
Todos insistían que tomara otro vaso de puro.
Así que de trago en trago perdí la noción del tiempo.
Cuando me di cuenta, cada vez que trataba de pararme; me caía.
Estaba tan tomado que no podía subirme a la bicicleta, por lo que un amigo de mi primo me cargó hasta mi casa, mientras el otro empujaba las dos ruedas.
Me hicieron entrar por la parte trasera del garaje, donde había una puerta que llevaba a la cocina.
Una vez que me habían dejado en el suelo como paquete sin dueño, me paré y tambaleando crucé el comedor hasta llegar a la sala, donde vi a una enorme cantidad de carros y gente que abarrotaba a la iglesia, donde se estaba oficiando la misa de nochebuena.
En mi borrachera pensaba que estaba muy sobrio; estaba convencido de que la embriaguez se me había pasado.
Por esa razón y haciendo acopio de un inusual equilibrio de alambrista de circo, decidí entrar a la misa para sentarme junto a mi familia.
Recuerdo vivamente que era el momento de la comunión.
Una larga fila de creyentes hacía cola para recibir a la sagrada hostia.
Yo entraba tambaleante y tropezando con las bancas, trataba de abrirme paso entre la interminable fila de personas que querían comulgar.
Todos estaban desconcertados por lo que yo hacía, pero sin embargo yo era el único que pensaba que estaba bien comportado.
Para no alargarles la historia, zigzagueando entre banca y banca, llegué al altar para comulgar y en el momento en que el sacerdote levantaba la hostia sin saber si dármela o no dármela, mientras me miraba estupefacto, yo me bamboleaba de un lado al otro como muñeco inflable de piscina y comencé a vomitar.
Arrojaba y arrojaba entre arcadas y más arcadas.
Lo hacía de una forma tan poderosa y nauseabunda, que obligaba a todos los feligreses y hasta al mismo cura a moverse más atrás para no ser salpicados por lo que copiosamente devolvía de mis entrañas en el sagrado momento de la comunión.
Inmediatamente mi papá se me acercó y yo le dije con mi lengua trabada: fuuuapaaaá, papaaaaaaá; no te preooocupes (Hip)... no te preoooooocupes (hip)(hip)...no es un terremoto (hip)...la iglesia no se caerá (hip) (hip)...uuuuhhhhooooooo; Uuuuhhhooooooo, Uuuuhhooooooo, (vomitaba y vomitaba) no te preooooocupes; no te preocupes; es que la hostia que me dieron estaba dañada y me ha caído mal.
Cuando mi papá me sacaba cargado de la iglesia, mi mamá me alcanzó a agarrar de las orejas y me gritó: ¡Ya verás lo que te va a pasar! - ¡Ya verás borracho!-! Qué vergüenza la que me has hecho pasar!
Una vez que me llevó a mi cuarto, me tiró sobre la cama y gritándome me dijo: ! Ya verás el día de mañana! - ¡Nadie te salva de la paliza que te voy a dar! - ¡No sabes lo que te espera!
Así pasaron las horas y me desperté al día siguiente como a la una de la tarde.
Al principio todo estaba borroso y me sentía culpable, pero un inaguantable dolor de cabeza me impedía razonar.
De repente sonó el vidrio de la ventana; era otro primo que me llevaba una cola y comida.
Sumamente preocupado me dijo: -¡Anoche hiciste la casita!-! Te emplutaste y vomitaste en plena comunión!
Te van a meter una paliza y vas a ser castigado sin poder comer durante un día, por lo que te traje un sánduche de anoche.
Inmediatamente que se fue, me puse a pensar en la masacre que se me avecinaba.
No había tiempo para pedir disculpas ni nada.
Debía enfrentar con estoicismo y valentía la paliza que se me venía y sabía que me iba a ser proporcionada con el cinturón de cuero más ancho que tenía mi padre.
Estaba muerto de miedo, angustiado y sin saber qué hacer para evitar el dolor de los latigazos que se me venían.
De repente Dios me iluminó...
Mi mamá era una mujer de baja estatura por lo que calculé que los latigazos solo podían llegarme hasta la cintura.
Con la mala puntería que le daría su coraje, solo podía latiguearme en los tobillos, las nalgas o los muslos.
Por eso; raudo y presuroso me puse dos pares de polines del uniforme de la selección de futbol del colegio y también los dos más gruesos pantalones que pude encontrar.
Inmediatamente pensé que debía sincronizar mis gritos de supuesto dolor con cada latigazo que me diera.
Todo tenía que ser perfectamente calculado para no despertar las sospechas de que nada me dolía.
De esa manera calculé que mis gritos debían comenzar cuando mi mamá levantara la mano con el cinturón, para que cuando el mismo llegara a tocar los pantalones, era cuando más duro debía gritar.
Así efectivamente sucedió.
Muy iracunda mi mamá entró con la correa.
Con su mano izquierda cogió mi brazo, mientras que con la derecha descargaba los furibundos latigazos que me daba con toda su fuerza para generar los más horrendos y desgarradores
alaridos que se habían escuchado en toda la historia de la ciudadela Miraflores.
Una vez terminada la latigueada, me gritó que estaba castigado y no podía comer durante un día.
Sin embargo cada primo que me visitaba por la ventana, me llevaba pavo y relleno de la cena, por lo que al poco tiempo no sabía qué hacer con tanta comida que tenía.
Eso sí, tuve que fingir que cojeaba durante dos semanas.
Lo hice tan bien, que mi mama se preocupó profundamente y me llevó donde un traumatólogo para que me revise, no sin antes pedirme disculpas por haberme pegado tan duro, ya que jamás se había imaginado cuanto me pudo doler lo que me hacía por la manera tan desgarradora como había gritado.
Esos dos pantalones salvaron mi vida.
A partir de ese día los usé frecuentemente cada vez que fueron requeridos...

 

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