Reflexiones sobre la desigualdad

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Por Francisco Swett

La discusión sobre la desigualdad ocupa espacios prominentes en la política pública. En 2015 el profesor Angus Deaton, de Princeton, recibió el Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre la medición de la desigualdad en los ingresos, y Tomás Piketty causó furor con su libro acerca de la estructura del capital en el siglo XXI. Es un tópico obligatorio para quienes pregonan la igualdad a través de la exacción impositiva y se adueñan del poder con la promesa, por demás vacía, de otorgar la felicidad a los desposeídos.

La desigualdad es real, pero es también un estado sicológico. Es real, como lo comprueba la existencia del “uno por ciento” quienes tienen mayor patrimonio que la mitad de la población mundial. La izquierda quiere acabar con ellos, la derecha los piensa indispensables. Los sentimientos ingresan en la ecuación cuando son exhibidos como el paradigma de todo lo malo del capitalismo, pero cuando fracasan (como ocho de cada diez lo hacen) son ignorados y, en los casos extremos, metidos en la cárcel. Al capitalismo salvaje se le opone el estatismo ruinoso que termina reprimiendo los derechos y propiciando la miseria general.

Deaton ha demostrado que la desigualdad en los ingresos nace del triunfo de los pocos y la monotonía de los muchos. En las economías prósperas la casta de billonarios la constituyen los empresarios y entre ellos los inventores y promotores geniales (los fundadores de Apple, Microsoft y Google vienen a la mente), quienes rompieron los paradigmas de la creatividad, el ingenio, la visión y la aplicación de tecnologías y nuevos modelos de negocios.

La desigualdad puede originarse en el discriminado acceso al capital, pero las más de las veces es determinada por el talento para preservar y hacer crecer lo que se tiene. La rentabilidad del capital es más alta pues es la resultante no tan solo del margen entre precios y costos, sino de la rotación de este (más rápido es mejor) y la fluidez del capital de trabajo. Los mercados laborales, por contraste son parsimoniosos y en casos extremos (como el nuestro) virtualmente inmóviles. Finalmente, el capital es un activo que puede ser transmitido entre generaciones, lo que no ocurre con el trabajo, que es propio de cada cual.

La desigualdad es ubicua y es consubstancial al orden natural del universo. Los humanos pretendemos aliviar los extremos de la desigualdad buscando, lamentablemente no con el mayor de los éxitos, evitar los extremos de la opulencia y la miseria; el desperdicio de alimentos y el hambre; la salud y la enfermedad; la inseguridad y la zozobra; y la inclusión y la exclusión.

Somos, al mismo tiempo, presas de la corrupción, la esclavitud, el abuso y la envidia. Frente a estas divergencias, el punto de equilibrio de la convivencia se alcanza cuando, en ejercicio de la libertad, la eficiencia del mercado coexiste con una distribución que sustenta el pacto social y evita caer en el totalitarismo y la lucha de clases.

El ejercicio de la libertad, debemos concluir, no contraviene las reglas de la convivencia civilizada, violación que sí la logran las ideologías basadas en la represión de ser, actuar y emprender, que prometen una igualdad inexistente, pero materializan la miseria colectiva.


Fuente: El Comercio

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