Pocas balas

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Por Alberto Dahik Garzozi

En la guerra es muy difícil imaginar una situación más angustiante que cuando se oye el grito “se nos acaban las municiones”, y el enemigo sigue disparando.

El reciente episodio tecnológico, no relacionado a solvencia o liquidez de Banco Pichincha, en el cual los defensores de la FaRC (familia revolución ciudadana) inundaron las redes sociales con una perversidad sin límite tratando de provocar un injustificable pánico financiero, sin importarles ni la gente ni el país (obvio porque nunca les han importado), demuestra cuántas balas tiene ese enemigo del Ecuador.

En contrapartida, las imprescindibles reformas como flexibilización laboral, independencia del Banco Central, reinstitucionalización de la Superintendencia de Bancos, flexibilización de los mercados financieros, reformas para que exista un mercado de capitales hoy inexistente, y tantas otras cosas que hay pendientes en el Ecuador, cuando son enfrentadas al espacio político y capacidad de maniobra que le queda al régimen, comprueban las muy pocas balas que todavía tiene el Gobierno para disparar.

Esto es angustiante. Las reformas son imprescindibles, y el ejecutivo se ha quedado con muy poco, casi ningún espacio, y el enemigo con el arsenal lleno de municiones.

Y lo más grave de esto es que hasta en la guerra hay un código. Pero los defensores de la FaRC no tienen código. Su pasado y presente lo demuestra. Esto vuelve al arsenal y a las balas muchísimo más peligrosas. Estamos entonces ante un gobierno casi sin municiones, y un enemigo público con muchas armas, y sin el límite de un código de guerra.

Particular interés merece la reforma al Código Orgánico Monetario y Financiero, en la cual, a diferencia de la reforma laboral, o una posible reforma tributaria que merecen la opinión decisiva de un solo actor del sector público, aquella convoca a varios actores. Para la reforma al Código Orgánico Monetario y Financiero dan su opinión el Ministerio de Economía y Finanzas, miembros de la junta de política y regulación monetaria y financiera, el Banco Central, las superintendencias de Bancos, de economía popular y solidaria, y de compañías.

Qué difícil es entonces lograr un proyecto de consenso, pues sabemos que la tendencia de las instituciones y personas es a lograr cada vez más cuotas de poder, y que haya más preponderancia de “mi institución” sobre la “otra institución”. La tendencia es “la mía es la institución clave”, “la otra me tiene que seguir”.

En esta pluralidad de entidades surgen las posibilidades de conflicto que se vuelven casi infinitas, y no se ve en el horizonte a esa autoridad superior que pueda disciplinar a todos, unificar los criterios y hacer de este necesarísimo cambio, de esta indispensable reforma, el proyecto óptimo que la sociedad necesita.

So pretexto de la independencia indispensable del Banco Central, luego del feriado bancario más grande que haya tenido el Ecuador, que son los 8.000 millones que la FaRC se le llevó al BCE en el peor incesto financiero de nuestra historia, el BCE puede sentirse con derecho a exigir una ley que lo vuelva un país dentro de otro, casi una autarquía, sin controles de la Superintendencia de Bancos ni de la Contraloría, y con capacidades de ir más allá de donde debe ir un Banco Central en un país sin moneda propia, que es el de un simple custodio de depósitos, de un facilitador de la cámara de compensación y de un ente técnico de estudios sobre la situación monetaria del país.

Los miembros de la Junta de Política y Regulación Monetaria y Financiera querrán profundizar su rol, sin entender que no debe existir política monetaria, ni existe en un país sin moneda propia, y que debemos ir a una economía sin el ISD, y conectados al mundo como está Panamá.

Fue pecado original hacer presidir al ministro de Economía y Finanzas la mencionada junta. En ese ministerio se querrá seguir siendo el presidente de dicho cuerpo colegiado, sin darse cuenta de que el ministro no tiene nada que ver ahí, y que lo que más huele a no independencia de un BC es tener al ministro de Finanzas a menos de 10 kilómetros del Banco Central.

Las superintendencias, coherederas con todo el resto del Ecuador de una Carta Magna perversa, en la cual las cooperativas y empresas de seguros no son controladas por quien las debería controlar, que es la de Bancos, tratarán de guardar sus cuotas, sus espacios, y la de Bancos podrá caer en la tentación de lo que es el deber ser, y no de acomodarse a las limitaciones que nos legaron con tan nefasta constitución.

Las balas son pocas, casi inexistentes. El espacio político, todavía más angosto. Todos quienes participan en este proyecto serán juzgados por cuán alto vieron los intereses del Ecuador más que los de ellos, y de sus instituciones, sabiendo que la represión financiera que hoy existe, la falta de un mercado de capitales y la legislación de la FaRC en el campo monetario y financiero son un dogal mortal que inhibe las posibilidades de esta economía de brindar el crecimiento que nos permita derrotar la pobreza.

Fuente: El Universo

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